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3 de abril de 2013

Comerás pero no trabajarás

Cuando Jesucristo subía camino del Calvario iba pidiendo agua, pero nadie se la ofrecía. 

Un grupo de gitanos escucharon a Cristo y le dieron agua, y Él en agradecimiento les ofreció a los gitanos poder comer sin trabajar, ni ellos ni sus descendientes.

De Cuentos populares de los gitanos españoles.

Contado por MINA LAHRAOUI (3º A)


7 de junio de 2012

La venganza del león

Érase una vez una familia africana compuesta por una madre y dos niños. La madre estaba embarazada y todos esperaban otro niño, pero cuando nació el bebé se encontraron con la suerte de que era una niña. La madre la aceptó igualmente, pero sus hermanos no.

Una noche, mientras la madre dormía, los hermanos cogieron a la niña, la pusieron en una cesta, y la abandonaron a la entrada de la selva. A la mañana siguiente, la niña empezó a llorar y un león que opasaba se la llevó. 

La niña creció. Le costó mucho entender el idioma de los animales, pero lo consiguió. Con el tiempo cada vez le gustaba menos la casa del león, pero no tenía otro sitio donde ir. 

Un día por la tarde llegaron los hermanos de la niña, convertida ya en mujer. Al verla le preguntaron si quería volver a casa con la mamá y con ellos. 

- ¿Que si quiero irme de la casa del león, donde solo como carne y huele mal? - gritó la niña.

El león pasó al lado de los hermanos sin que se dieran cuenta y escuchó a la niña, pero no le hizo nada y la dejó marchar.

Pasaron semanas y la muchacha se acostumbró a la vida del pueblo. Uno de esos días fue a un pozo a coger agua y detrás de una pared se encontró al león y al lado, en el suelo, tenía un hacha. El león le dijo:

- Coge el hacha y córtame un trozo de piel. ¡Hazlo rápido!

La muchacha no quería hacerlo; le pidió perdón y le dijo que quería irse con la familia.

- ¡Hazlo ya! No quiero que me des más explicaciones -, le contestó el león.

La muchacha, muerta de muedo, cogió el hacha, le hizo un corte en la piel y salió corriendo.

Pasó un mes y la muchacha y el león volvieron a aencontrarse en el pozo.

- ¿Te acuerdas de mí? -, preguntó el león.
- Sí.
- Y de la herida que me hiciste, ¿también?
- Sí -, contestó la muchacha.
- Pues esa herida se me ha curado, pero lo que dijiste al irte de mi casa no se me ha curado.

La muchacha se quedó sorprendida y con un mal dolor en el corazón. Y esa fue la venganza que le preparó el león sin llegar a tocarla siquiera.


Contado por Riduan Ahmed (2º E ESO)


18 de marzo de 2012

El zorro, el burro y el erizo

Érase una vez en pleno verano un zorro que estaba desmayado de hambre. Subió a un monte y vio a unos agricultores sembrando y un burro que bajaba la cuesta cargado con una olla llena de cuscus. El zorro se acercó al burro fingiendo que le dolía la pierna. El burro le preguntó:
- ¿Qué te pasa?
- No sé, tengo un dolor insoportable en la pierna. Si me pudieras bajar la cuesta...

El burro lo cogió y lo montó. Entonces el zorro destapó la tapa de la olla y se puso a comer. Cuando terminó de comer gritó al burro:
- ¡Para! Bájame aquí na más.

Cuando el burro llegó hasta los agricultores, levantaron la tapadera de la olla y no encontraron nada. Le preguntaron al burro:
- ¿Dónde está la comida?
- ¡El zorro me la ha jugado! - gritaba el burro.

Los agricultores empezaron a pegar al burro, que salió huyendo y empezó a buscar al zorro. Cuando lo encontró se lo llevó a los agricultores, que le metieron una paliza.

De la rabia que tenía, el zorro empezó a correr hasta que se encontró un erizo, se hicieron amigos y lo convenció para ir a robar a un huerto de sandías. Se metieron por un agujero y empezaron a robar y a comer. El erizo comía y comprobaba si aún cabía por el agujero, pero el zorro sólo comía hasta que se le infló la barriga. Entonces llegó el dueño de las sandías y el erizo pudo escapar, pero el zorro no pudo salir porque ya no cabía por el agujero. El hombre cogió al zorro por la cola, le dio vueltas y vueltas y lo lanzó lejos.

Al día siguiente se volvieron a encontrar el erizo y el zorro, y el erizo le dijo:
- Vamos a robar a un huerto de habas, pero ese huerto está muy hondo. Tú quédate aquí, yo bajo y lleno los sacos. Pero el último saco del último viaje dáselo a mis hijos.

El erizo bajó y llenó los sacos, y el zorro los subía por la cuesta. Pero el erizo no confiaba en el zorro, se metió en el último saco y se cubrió con las habas. El zorro recogió el último viaje y se puso a caminar hasta que se encontró con los hijos del erizo.
- ¿Has visto a nuestro padre? - le preguntaron.
- No lo he visto -, respondió el zorro.

Entonces el erizo saltó del saco y gritó: - ¡No engañes a mis hijos!

Contado por Yunes Cervantes (2º E ESO)


8 de marzo de 2012

El cordero, el gallo y el burro

Había una vez un cordero, un gallo y un burro a los que no les gustaban las leyes de su país y se escaparon. En un bosque encontraron una casa vacía y vieja. Durmieron hasta la madrugada.

El gallo quería cantar como hacía todos los días por la mañana, pero el cordero le dijo que él también quería. El gallo cantó y el cordero se puso a balar. Al oirlos, el burro también quiso cantar, pero el cordero y el gallo insistieron en que mejor que no cantara, pero el burro cantó y cantó tan fuerte que los lobos que vivían en el bosque lo oyeron y fueron hacia la casa.

El burro, que era muy valiente, y el gallo, que era inteligente, idearon un plan: vieron una piel de lobo y la cogieron para asustar a los lobos que se acercaban. Salieron fuera y fingieron que tenían muchas pieles. Sacaban la piel del lobo, la devolvían dentro de la casa y volvían a salir con la misma piel. Los lobos -que los estaban mirando- pensaron que eran cazadores de lobos y que se los comían.

El cordero tenía mucho miedo y se subió a una estantería, pero como temblaba mucho cayó delante de los lobos. Rápidamente el gallo gritó: - ¡Pilla al lobo más grande! 

Los lobos asustados salieron corriendo y no volvieron nunca más por miedo a ellos.

Contado por Ayoub Bouzaou (2º E ESO)

12 de febrero de 2012

Cuento de los tres cazadores y la liebre

Érase una vez tres cazadores: un judío, un cristiano y un musulmán, que eran amigos. Salieron un día al bosque pero sólo consiguieron cazar una liebre, y la prepararon para la cena. Ninguno de los tres se conformaba con lo que había de cena. Entonces hicieron un trato: los tres se dormirían antes de cenar, y el que viera algo en su sueño iba a cenar, y el que no viera nada, no habría cena para él.

A escondidas hablaron el judío y el cristiano; dijo el cristiano al judío: - Cuando me despierte, diré que vi en mis sueños a Jesús, que me llevó al cielo y que me iba a enseñar todo lo que hay. - Y dijo el judío: -Yo diré que vino Moisés y me llevó bajo la tierra y me enseñó todo lo que hay. Y si el musulmán dice que él también anduvo bajo tierra le diré que yo no lo vi.

De esta manera pensaban comerse la parte de cena del musulmán.

Y se pusieron a dormir; el cristiano y el judío durmieron, pero el musulman no conseguía dormir por el hambre que tenía. Cuando ya no pudo más, se levantó y se comió toda la cena. Entonces fue cuando pudo dormirse.

Al despertar los tres se pusieron a contar lo que habían soñado. Dijo el cristiano: - Yo vi a Jesús, y me llevó al cielo y vi todo lo que hay. - Después dijo el judío: - Yo vi a Moisés, me llevó bajo tierra y vi todo lo que hay. - Entonces dijo el musulmán: - Yo vi al profeta Mohamed; me dijo que el cristiano había subido al cielo y el judío había bajado a las profundidades de la tierra, y que como uno estaba arriba y el otro abajo, lo mejor es que me levantara y cenara junto a él.

El judío y el cristiano se miraron el uno al otro con cara de espanto y dijeron a la vez: - ¡No lo habrás hecho realmente! ¿Te has comido la cena?

Directamente destaparon la tapa de la olla y encontraron  restos de huesos.

Contado por: Khalid Akabbouz (2º E ESO)

31 de enero de 2012

La casa del shitan

Había una vez una casa abandonada desde hacía muchos años. En aquella casa se dice que vivían tres familias de tres religiones distintas: una familia era hindú, otra de religión hebrea y otra era paquistaní. En la casa había tres ídolos distintos que alababan sin parar, pero como la casa era lo suficientemente grande, cada una podía llevar libremente su religión.

Una noche muy lluviosa y con mucho viento, las tres familias soñaron que se acercaba una oscuridad negra que atravesaba las ventanas de los cuartos y oían una voz que decía:  

- ¡Ja, ja, ja! Soy Satanás, que atravieso paredes y ventanas para ocultarme entre vuestros ídolos, porque estos ídolos son míos y me gusta que los alabéis. 

Cuando despertaron al día siguiente, todos murmuraron y se contaron los sueños, y descubrieron que todos habían soñado lo mismo.




Aquellas familias siguieron viviendo sus vidas y alabando a sus ídolos. Pero un día pasó un anciano con vestidura blanca y pegó en la puerta de quella casa. Una de las personas de la casa abrió la puerta y le preguntó quién era. El anciano le respondió: 

- Soy un musulmán que sólo pido cobijo para unas noches. Vengo de muy lejos y no tengo familiares ni conozco a nadie por aquí.

Porque hacía mucho frío y lluvia, el anciano estaba helado, y le hicieron pasar y le dieron una habitación. El anciano quedó muy contento y dándole las gracias a todos. Sacó sus cosas de un saco que llevaba. Lo primero que sacó fue un libro del Corán que en sus ratos libres recitaba en voz alta. Las vecinas lo escucharon, y cuando el anciano salió de la casa, le preguntaron:

- ¿Cuál es tu religión?
- Mi religión es el Islam, mi Dios es Al-lah y mi libro es el Corán, que recito cada noche y cada día. 
- ¿Qué has soñado esta noche? ¿Acaso has soñado lo mismo que nosotros?
- He soñado con una nube blanca quiada por dos ángeles, que la llevaron hasta mi libro. Yo recitaba, y oí una voz que decía: "Esta es la verdadera religión, porque es escrita por Al-lah". 

Todos se sorprendieron de que su sueño fuera distinto que el de todos los demás, y le preguntaron que por qué él había soñado una cosa distinta. El anciano contestó:

- Porque Satanás no puede acercarse al Corán ni recitarlo, porque con las palabras de Al-lah se quemaría. Por eso soñé con una nube blanca y dos ángeles.


Contado por: Asmae Bouzarioh Lahbib (2º C ESO)

24 de noviembre de 2011

El rey, la mujer y el niño

Había una vez una mujer que tenía un niño muy bonito y un rey que tenía una niña muy hermosa. El rey, que tenía una sola hija, no estaba satisfecho. Él quería un varón. 

Un día, paseando por las calles, el rey se encontró con una mujer en compañía de un niño hermosísimo y estaba decidido a quitárselo, y averiguó todo sobre ella, hasta su dirección. Un buen día fue a casa de la mujer y le dijo que le diera el niño. La pobre mujer le dijo: "no te pienso dar el niño; es mi hijo y no te lo daré".

El rey, furioso y avergonzado, dio la orden a sus esclavos de matar a todos los niños del pueblo. La mujer, enterada de la noticia, cogió a su hijo muy triste y lo metió en una cesta. Después lo arrojó  al río. Fue arrastrado por la corriente hasta un molino. Los molineros, al ver el cesto y darse cuenta de que era un niño, sintieron mucha pena y lo cogieron.

El niño fue creciendo y creciendo. 

Un día, el rey estaba andando por sus tierras hasta llegar al molino. Los molineros salieron a recibirlo con el niño. El rey, extrañado, lo reconoció de inmediato. Le ordenó al chico que le llevara una carta a su hija. El chico obedeció y anduvo y anduvo hasta que cayó la oscura noche, y tenía tanto sueño... Vio una casa y el pobre muchacho -pensando que no había nadie- se tomó la libertad de dormir en ella. Los dueños de la casa, que eran ladrones, vieron la carta en su mano, la abrieron y la leyeron. En esa carta decía que mataran al chico. Entonces los ladrones, siendo honrados, la cambiaron. En la nueva carta decía que por orden del rey el chico se casara con la princesa, y así se hizo.

Se casaron, tuvieron hijos, fueron muy felices y comieron perdices.


Contado por: Fauzia Seddik (2º E ESO)


2 de diciembre de 2010

Cuento de los dos socios

Había una vez dos amigos, un musulmán y un judío, que eran socios de un negocio de oro. Una vez el judío pensó en engañar al musulmán, cogió todo el oro que había en la tienda y lo enterró en el corral de la casa. Después le dijo a su mujer que le enterrase a él como si hubiera muerto, pero que dejase un agujerito para poder respirar y comer, y que avisara al socio de su defunción.

Cuando pasaron unos días, el socio musulmán fue a casa del judío, y le preguntó a la mujer:
- ¿Está aquí mi socio? - La mujer le respondió llorando que había muerto. El musulmán se quedó extrañado.

Días después, el socio musulmán vio por casualidad a la mujer del judío camino del cementerio, y decidió seguirla. Se asustó mucho cuando vio que la mujer se acercaba a la tumba del marido y hablaba con él. Al día siguiente, el socio musulmán decidió ir de nuevo al cementerio y, fingiendo ser la mujer del judío, le habló a la tumba:
- Hola, estoy aquí, soy tu mujer, ¿me oyes?
- Sí, te oigo –respondió el marido. -¿Has traído algo de comer?
- No he podido traer nada, porque no queda dinero en casa, -dijo la falsa mujer.
- Entonces ve al corral, escarba y allí encontrarás el oro.

Al oír aquello, el socio musulmán salió corriendo a casa del judío, encontró el oro enterrado en el corral y se lo llevó todo. Al saber la noticia, el socio judío, que seguía enterrado, se murió de rabia.

Cuento tradicional árabe

Contado por Khalid Akabouz (1º H ESO) 

Curso 2010-11



27 de noviembre de 2010

Los dos amigos y el cargamento de oro

Cuentan que una vez dos amigos avaros pasaron por un camino y encontraron en medio de él una carga importante de oro. Quisieron llevárselo, pero no lo consiguieron por su excesivo peso, y solamente a duras penas lograron apartarlo a un lado del camino. Entonces, determinaron en común que uno iría a la ciudad en busca de un asno y el otro se quedaría en aquel lugar para custodiar el oro hasta que el primero volviese.

Ilustración de Brahim Lahkin (1º H ESO)

Así lo hicieron: el primero, mientras iba de camino a la ciudad, pensaba cómo se las arreglaría para matar a su compañero y hacerse así dueño único del oro; e igualmente, el que se había quedado pensaba lo mismo. El amigo que había marchado a la ciudad, al llegar allí, mandó cocer dos panes y puso veneno para que su compañero muriera al comerlo. Cuando estuvo de regreso con el asno y los dos panes envenenados, dijo a su compañero que comiese para reponer fuerzas mientras él iba cargando el oro, a lo cual éste contestó que antes quería ayudarle, y al hacerlo le atacó con un cuchillo y le mató. Una vez muerto el amigo, como se sentía con hambre, comió un pan y dio el otro al asno, y ambos al comerlo cayeron muertos en tierra.

Cuento tradicional árabe.


Ilustración de Nordin El- Allali (1º H ESO)

Curso 2010-11