Mira, Zaide, que te aviso
que no pases por mi calle,
ni hables con mis mujeres,
ni con mis cautivos trates,
ni preguntes en qué entiendo
ni quien viene a visitarme,
qué fiestas me dan contento
o qué colores me placen;
basta que son por tu causa
los que en el rostro me salen,
corrida de haber mirado
moro que tan poco sabe.
Confieso que eres valiente,
que hiendes, rajas y partes,
y que has muerto más cristianos
que tienes gotas de sangre,
que eres gallardo jinete,
que danzas, cantas y tañes,
gentilhombre bien criado
cuanto puede imaginarse;
blanco, rubio por extremo,
señalado por linaje,
y pierdo mucho en perderte
y gano mucho en amarte,
y que si nacieras mudo
fuera posible adorarte;
y por este inconveniente,
determino de dejarte,
que eres pródigo de lengua
y amargan tus libertades,
y habrá menester ponerte
quien quisiera sustentarte,
un alcázar en el pecho
y en los labios un alcalde.
(...)
No guardas tú tu secreto
¿y quieres que otro lo guarde?
No quiero admitir disculpa;
otra vez vuelvo a avisarte
que esta será la postrera
que me hables y te hable.
Lope de Vega
(1562-1635)